Día #4 TierraBaja, o la Confirmación de que Macondo aún Existe

Por: Catalina Becerra Torres y Crhistian Camilo Villa Velasco

Estudiantes del programa de Sociología de la Universidad del Valle, Cali Colombia

Miembros del Laboratorio de Intervención Urbana LIUR, Universidad del Valle.

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Después de la primera semana, y al terminar de limpiar el polvo aún presente en los tennis con los que marchamos por varios días, te das cuenta de algo: ¡Macondo aún existe! Y con todo intacto: jóvenes apostando su confianza a los gallos, desinteresados de correr la misma suerte de Agustín, coroneles retirados esperando por una pensión, muchachas ilusionadas detrás de los versos de incipientes poetas, calles polvorientas, mujeres que observan con miradas sospechosas tras las ventanas, extranjeros vendiendo artilugios y grandes locomotoras prometiendo progreso a todo pulmón tanto a propios como a extranjeros.

 

Sin dejar de lado esas mariposas amarillas y ese peculiar olor a mangle, que en lo personal encanta, TierraBaja, tras residir algunos días bajo su caluroso techo, nos enseñó mucho más que lo que el prejuicio induce a pensar. Este es un pueblo que se niega a olvidar a pesar de las promesas de un pasado reciente y farsante, donde, a la vez, un presente beligerante se esconde tras un centenar de camiones repletos de escombros, invadiendo y destruyendo un patrimonio conquistado durante varios siglos.

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Todo comienzo es duro, acá se consolidó la rebelión de un pueblo oprimido por sus conquistadores: el africano, y se gestó el nacimiento de un movimiento revolucionario: el bolivariano. No es de extrañar entonces que los primeros días de construcción y acercamiento con la comunidad hayan resultado similarmente difíciles, el clima junto con la extrañeza, resultan siendo obstáculos si no se logran sortear con la sutileza y el respeto que este pueblo milenario requiere.

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Al final, la construcción inició, junto con nuestras compañeras realizamos el trabajo con los niños, echamos algunos pies hacia la noche y partimos en el comienzo de la mañana hacia nuestra rutina. Después de todo esto, aprendimos, si bien el trabajo continúa con los colegas que permanecerán una semana más, la intensidad de unos cuantos días nos enseñó el valor y la virtud de un pueblo orgulloso de ser negro, con el sabor de su herencia africana, donde el mérito de sus mitos continua por encima del avance de la mal llamada prosperidad, y sobre todo, nos enseñó qué la sonrisa de un grupo de niños, que no le temen a la tierra caliente, puede valer más que la danza de millones que asola a los alrededores del pueblo y del mangle.

 

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